La Llegada A Mi Pueblo


Compré pasaje para ir un rato a descansar a la ciudad donde vivo. Al pagar el precio y recibir el boleto, me alegré porque volvería a ver el pueblo colorido y lluvioso encaramado en un cerro y junto al mar: Chonchi.
Días después el bus iba de camino hacia allá, pasé un canal donde nos movíamos con las olas del mar; llegamos a una ciudad luego de un largísimo puente, pasé campos, me di cuenta que la carretera estaba linda y moderna y ancha y me dije que aquí hay modernidad; hasta que llegamos a Castro, donde todo es horizontal y hay dos agujas de iglesia surcando ese horizonte; atravesé palafitos, miré el mar al lado de nosotros hasta que desde lejos vi una mancha de color blanco y gris predominante, mientras en el viaje ascendía y descendía y paramos en una rotonda, hasta descender por la derechísima carretera hasta el pueblo.
Me di cuenta, mientras llegaba, que iban apareciendo más cuadrados blancos. Dije “la ciudad está creciendo, pero esas latas de las casas reflejan mucha luz.” Al llegar y detenerme contemplé que la estación de bencina estaba en el mismo lugar, que la gente que transitaba por la calle principal caminaba lento, como siempre. Vi una que otra casa nueva más, pero esto se parecía más a una ciudad neutra, sin sentido, que al “Chonchi de los Tres Pisos” que aparece linda en los catálogos de turismo.
Pero tenía que doblar y llegar a mi casa, y lo hice por una calle Caupolicán. Había olor a tierra, a cemento recién puesto en la calle, sonidos de computadoras y tragamonedas en un ciber por ahí, mientras el cielo blanquecino y celeste se movía y yo con mi bolso a cuestas, anhelando llegar rápido a la casa familiar. Niños corrían jugando en parques descuidados por ahí, jóvenes caminaban lento, con ropas caídas y rostros asimismo como sus ropas. Pensando dije “Pero estas personas las he visto en otras partes”, mas no eran los mismos, sino que la moda es la misma en todas partes.
Mientras iba llegando a la calle mía, miraba el panorama chonchino en todo su esplendor; se veía colorido y con más movimiento aún, pero miraba agudamente y veía en el suelo algunas basuritas plomizas; la señalética que indica la calle había desaparecido (sólo quedaba el palo que está enterrado); así dejaba de idealizar a mi pueblo… “pero bueno – me dije – esto no es tan terrible.”

Faltaban diez pasos para llegar a mi casa, pero con mi rapidez y ansiedad los transformé en siete, hasta que toqué la puerta y el timbre dos veces y me recibieron calurosamente en mi familia, como siempre ha de ocurrir. La casa era grande, más grande aún ya que no había estado allí hace meses; el pasto del patio era más largo. Me movía a través de la casona de grandes techos, e iba percibiendo el olor a leña húmeda, el calor del fuego chilote, el humo, veía gotas de lluvia; “Ahora si que estoy en la Isla”, decía.
Más aún me daba cuenta de aquello porque veía a mi madre y hermanos reunidos en torno al fuego, mirando televisión y conversando a ratos. Habían pasado algunos días – ¿Puedo ir abajo, al “centro” de Chonchi? Le preguntaba a mi madre y ella me dejó salir.

Una sorpresa e incertidumbre sentía al acercarme al lugar que quería llegar. Mientras caminaba veía el cielo diáfano, con nubes bien hechas y blancas en movimiento. Caminaba rápido. Bajando por una calle Pedro Aguirre Cerda miraba que la antigua escuela de la ciudad ya no estaba; la había reemplazado un envigado de acero azul, “símbolo de progreso, y un letrero afuera que decía “Construcción de la nueva Escuela San Carlos”. ¡Ah! Cómo va cambiando el barrio, dije yo… al caminar hacia abajo me encontraba con gente conocida: ¡Hola! ¿Cómo estás? Bien. Que bueno. Descendiendo hacia la otra calle principal se dejaban entrever unas gigantes casonas llenas de ventanas, y ya me transportaba al pasado próspero de Chonchi – y presente yo creo que también – llegaba a la famosa e importante calle Centenario (por los arquitectos elogiada), una vía larga y llena de volúmenes cuadrados de tejuelas desteñidas y otras pintadas de vivos colores. ¡Aquí está el Chonchi de los catálogos turísticos!, dije; pero la visión mía, propia del lugar era más impresionante… arriba, en lo más alto, se alzaba una torre celeste y amarilla y blanca; parecía nuevita, pero me parecía que ordenaba el paisaje chonchino.

¿Qué hay de nuevo? Decía yo, pero había cosas que por más de diez años, cosas feas por cierto, no habían sufrido cambios; por ejemplo ese terreno baldío odioso todavía sigue ahí… pero en vez de regañar mejor bajé presuroso a la Costanera.
¡Oh! Me voy acercando al mar, pensaba; y de hecho me acercaba más y más al mar.
Llegué al fin a la Costanera. Tenía que cruzar la calle Irarrázabal; miré para un lado y para el otro si es que pasaba un auto, y no pasó nada sino observaba uno bien lejos… “Pero aquí qué auto pasaría, si todo está tan quieto”, y esa quietud marina es lo que me tranquilizaba. Veía otra vez ese cielo limpio, el mismo de antes, que se encontraba con el Mar Interior en calma y se interponía una isla de mosaicos verdes, la Lemuy.
Lo más delicioso de mi descubrimiento de Chonchi (digo descubrimiento pues hago como si no lo conociera) fue andar por la costanera: ahora bien limpia y llena de cemento reciente con baldosas rústicas. “Mira tú, está todo nuevito”, me decía. Y esa simpleza del pavimento armonizaba con la pureza de las aguas cristalinas (¿Cristalinas? Jajaja” me diría otro, pero estaban así, y era sorprendente en un mundo tan intervenido por el humano).
Quise bajar a la playa, y lo hice. Toqué el agua que dejaba ver piedras verdosas y estaba muy helada… ¡Cómo un mar interior puede estar tan helado!, decía, pero en fin, volví a escalar hacia la costanera. Otra vez; ¡Hola! ¡Hola! ¿Cómo estás? ¡Bien! ¿Cómo van los estudios? Cada vez más difíciles pero todo se puede. ¡Ah!… Y seguí caminando después de una fugaz conversación con otros conocidos; pasaba la mano sobre las barandas nuevas de allí, tal como cuando un niño, mientras camina, por juego pasa su mano por las rejas de las casas. Al final de este paseo largo vi una mole café y una terraza grande con asientos con una disposición súper original. Era algo nuevo, era un mercado municipal, algo que me sobrecogió porque ese pequeño punto dentro de la Costanera cambió sobremanera el ambiente completo. Percibí aires de dureza, de modernidad, de calma, hasta que me subí a la terraza del mercado y escuché el sonido del mar en la orilla –las olas pequeñas – y ese agradable ruido se colaba por los intersticios de las maderas rústicas del suelo.
Me di vueltas por todo el recinto y el color café estaba presente en todo el lugar, ese café típico de la madera nueva y cálida. Todo el edificio era un mundo chilote y más encima la música de fondo, de un grupo conocido –de composiciones isleñas- llamado Bordemar evocaba más en mí el ambiente de Chiloé puro, campestre, marino y rural; pero de pronto pensaba “¿Cómo no viene nadie conmigo para disfrutar estas bondades de la ciudad?” pero me convencía de que mejor era estar solo, pues podía tomarme el tiempo que quisiera para observar la realidad pintoresca.

Salí del mercado por uno de los accesos al edificio, había muchos; y eso era lo que más me gustaba, hasta que llegué a la calle y miraba otra vez el mar. Estaba ahí mismo, tranquilo y poblado de lanchas con vivos colores… “¡Chiloé! ¡Chonchi! ¡Ah!”, pero de pronto pasó un auto un poco enchulado, bien llamativo, con sus ventanas entreabiertas, con un sonido musical pegajoso que lo acompañaba, y al acercarse por donde yo estaba me di cuenta que era el estilo “Reggaeton”, el que está tan de moda hoy. “¡Mich, hasta Chonchi llegando esta música tan básica y provocadora! ¡Cómo está la globalización! La moda y la actualidad es la misma en todos lados”, me reafirmaba yo.
Pero al volver en sí miré una casa forrada en tejuelas y un viejo con un bastón de ciego, y seguí pensando en redescubrir el pueblo “de trazado irregular”, como dicen algunos análisis de Chonchi por allí… Mejor quise volver a la calle Centenario, la imagen más publicitada de aquí; hasta que llegué y me anunciaba la bienvenida una gran casa pegada a una esquina (era como para una postal, ya que era digna de ser vista por un largo momento); y subía y subía por esa cuesta que me cansaba, mis pies hacían un poco más de esfuerzo por llegar al Segundo Piso de la ciudad –un terreno plano entre cuestas inclinadas- pero menos mal que la visión de mis ojos no se cansa con estas incomodidades, en cambio sigue observando.
Por aquí y allá iban y venían niñitos, jóvenes (los mismos caracteres que los otros que vi arriba), señoras, caballeros; unos con formas de hablar bien cantaditas y fuertes: ¡Catai Chico! –dicen a veces; por otro lado transitaban vagabundos con audífonos adheridos a las orejas. Me detuve un momento a mirarlos. De pronto me apercibí que iban a sacar algo de su bolsillo, y era uno de esos famosos MP3… Otros hablando lenguajes que casi no se entendían, pues eran adolescentes sin expresión conversando. También miré a otro que dominaba rebotando su balón de básquetbol varias veces, haciendo exhibición de su destreza en el deporte.

“¡Ya pues! Viniste a recorrer y mirar Chonchi! ¿No?” – la conciencia me decía, aunque no explícitamente.

Seguía observando.
El salón urbano de Centenario me deleitaba. Aparecían, a medida que yo avanzaba, casonas con inscripciones como “hotel”, “museo de las tradiciones chonchinas”, “ferretería”, “Mercado”; y otras casas longevas con una gran mampara lúgubre, en la que de vez en cuando algún anciano o anciana se asomaba a la calle, y eso para mi constataba que la casa estaba habitada; pero recién allí me di cuenta que hace rato había subido ya al segundo nivel de la ciudad; después de la Costanera, primer piso.
La estrechez de la vía se abría de a poco para dejar ver una manzana muy especial del Centro; el cuadro era el siguiente: Una plazoleta en el suelo, dos casas unidas con las esquinas y aquella área verde, la inclinación hacia el Tercer Piso, y, al final, la cuadra la coronaba la torre de la iglesia católica, con algunas casas plomizas de madera a su alrededor. Era bonito.
Las dos calles subían al mismo lugar: La Iglesia, el Tercer Piso; ¿Por cuál subo, si las dos son bonitas? Me preguntaba. Así que trepé por la misma Centenario. Iba a cruzar nuevamente la calle y ahora sí que pasaban vehículos, incluso un bus modernísimo que apareció desde una calle O’ Higgins que iba rumbo al sur, Quellón. Crucé al fin y se me iba acercando una gran casa en otra esquina, frente a la Plaza; en verdad tremenda y con grandes ventanales, propios de una antigüedad de mil ochocientos o principios de mil novecientos donde todo era más elaborado y neoclásico.

Pero algo me detuvo y me hizo pensar: Ya era las siete de la tarde y oscurecía, más aún con nubes; así que pasé una vista rápida a la Plaza y a la Iglesia y me fui caminando con la misma rapidez a mi casa. Me dije “Mañana veré más de Chonchi u otro día, pero antes de volverme a donde tengo que estudiar”. (Que no es aquí en la Isla Grande).
Llegué a mi casa, con mis orejas y mejillas frías; percibiéndolo recién cuando entré al calor de hogar familiar y chonchino, eso que ninguno de nosotros nació aquí pero ya llevamos más de una década habitando en la ciudad. Tomé una once con pan amasado reciente y disfrutando la música que oía en la casa, el amor familiar y el sonido acusador de la lluvia en el techo de lata oxidada. Me acosté, pero antes de conciliar el sueño en mi cama pasaban todas estas imágenes urbanas por mi mente y me complacía ser de nuevo parte de la ciudad – pueblo y percibir sus cambios.
Me encontré con el sueño, un dormir lluvioso, tranquilo, en Chonchi.

“¡Levántate! ¡Tienes que ir a la municipalidad a hacer un trámite antes de las una! – Me gritaba mi mamá… Y al mirar mi reloj me di cuenta que eran las doce, y la sirena diaria que sonaba a esa hora me lo reafirmaba. Dormí demasiado.
Me levanté rápidamente con alegría ya que volvería a encontrarme con aquel Centenario, caballero añoso lleno de historias y secretos, y apacible.

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Acerca de Raúl Meza Lorca
Arquitecto, de la Universidad Austral de Chile. Diplomado en Tipografía, en la Universidad de Chile.

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