La despedida de mi ciudad (relato)


A mediados de febrero, mientras caminaba por la ciudad me encontré con un conocido muy cercano, y me preguntó:

– ¿Cuándo se van a Valdivia a estudiar?

De ahí pensé: “se están acabando las vacaciones de verano”, y me dio un poco de tristeza: dejar por mucho tiempo esta ciudad tan bonita y colorida y lluviosa que nos acoge desde los años noventa, e irme nuevamente a una caótica y fluvial urbe, que hace poco ya se proclamó como capital regional. Además sería muy penoso separarme momentáneamente de mi familia, la que siempre está alegre.

Esos días realmente comprendí el valor de dónde estaba y de cuánto tiempo me quedaba en esta villa chonchina. Por eso empecé a disfrutar el entorno, el sol muy quemante y el gran calor que nos asediaba (que no es normal en Chiloé). Muchas veces fui a un lago muy cerca de la ciudad, lugar preferido para bañarse, con un pueblo muy singular. Este se llamaba Huillinco. Creo que según lo que leía por ahí significa en mapudungun “agua de huillines”. Lugar lleno de madera, de tejuelas, con un muelle delicioso de ciprés que largamente se adentra en las, a veces, calmas aguas; y otras veces movedizas aguas. A pesar que estaba tan habitado el lugar, se divisaban cerros tapizados de bosques nativos –y un pequeño incendio al medio por el gran calor – y por allá lejos una desembocadura de un río súper sinuoso y curvo, que se llamaba Notué.

Al entrar a bañarme en estas aguas huillincanas, me hacía parte de esta naturaleza tan aleatoria, pero muy atractiva y bella. El agua estaba tibia y muy relajante.

Al final fui cuatro o cinco veces allá a disfrutar lo poco que me quedaba de días, y de veras que lo disfruté… pero así iba el tiempo: día, noche, día, noche, día…. Tal como lo enumero, de esta misma manera el tiempo pasaba volando.

Hasta que sólo quedaban dos días para irme, y salí otra vez a la costanera con mi hermana y una joven argentina, que era de Mendoza, que era amiga de ella. Ingresamos a un bordemar contiguo a la costanera que parecía ser una playa, nos sentamos allí a observar, había mucho sol, pero ese ambiente del mes de marzo se hacía sentir en el día, pues ya aparecían aires helados y muy poca gente por las calles, hasta escolares andaban dando vueltas por estos parajes. Era inevitable, la naturaleza me anunciaba que me tengo que ir en dos días más… ¡No!… pero yo no me asustaba, sino que sacaba y sacaba fotos a la ciudad, a la arena, al mar, a todo lo que pillaba con la cámara que me prestó aquella joven mendocina.

Y aquella mañana triste, la de mi ida hacia Valdivia, se hacía sentir. El ambiente hogareño era de movimiento, de preparación, de despedida, entre mucho frío mañanero de Chiloé.

“Ya pues, prepara tu bolso” me decía mi madre. Este instante no me gustaba, el guardar cosas para posteriormente irme de aquí… pero hubo un momento en que faltaba un objeto eléctrico para llevar, y que había que comprar; por eso me mandaron rápidamente a que lo vaya a adquirir a un almacén de la Costanera.

Me daba flojera descender corriendo las cuestas de la calle, así que pedí una bicicleta a un vecino a la vuelta de la esquina, y a pesar de mi preocupación por llegar a tiempo para la llegada del bus, andaba y andaba dando vueltas por la ciudad y quería verla por última vez en esta temporada, como si no tuviera nada que hacer después. Sólo atinaba a pedalear feliz por la vida mirando los exquisitos detalles de mi pueblo.

Con aquella bicicleta tuve que bajar por una cuesta empinada, la de la calle Centenario, esa patrimonial llena de casas antiguas y de madera. Bajaba con cuidado, pues recuerdo que cuando yo tenía 10 años hice lo mismo con bicicleta, pero caí dando vueltas; y más encima, en mi infancia de bebé, casi caí con mi andador por esta misma cuesta (pero menos mal que mi madre me salvo de la tragedia).

Llegué al almacén. “¡Está cerrado! ¿Qué hago?” – Dije yo. Pregunté al lado y me dijeron que el dueño ya abriría en un momento.

Y se me ocurrió dar otras vueltas con mi bicicleta momentánea. Anduve como un niño por la costanera, serpenteando por el paseo peatonal, aprovechando que no había nadie; pasé luego hasta el muelle fiscal y llegué hasta el final, donde se obtenía una magnífica vista hacia la cara visible de la ciudad de Chonchi. Me detuve. Vi muchos colores, otras construcciones nuevas como un Mercado, y una escuela que surcaba el horizonte, y unas casitas más; pero el verde amarillento ocre que caracteriza a los cálidos pastos chilotes se veía en todo su esplendor cubriendo como un tapiz los campos chonchinos. Miré más cerca: muchas lanchas y barcos pesqueros llenos de carga, con los pescadores tirando redes y cuerdas; dando vida a esta lengua de cemento internada en el mar. Las lanchas parecían que eran una especie de prolongación de este suelo.

Me quedé quieto mirando estas escenas, pero lo más importante era comprar aquel artículo eléctrico que me pidieron, así que inmediatamente partí hacia el almacén, a ver si ya el dueño lo había abierto. Ya empezaba a transpirar pues pedaleaba rápido, y en unos escasos minutos llegué allá; hasta que recién llegó el dueño, el conocido de nuestra ciudad, don Carlos. Compré el objeto y me dirigí a la casa; pero me esperaba otra vez la cuesta empinada de la calle Centenario.

Como niño sin miedos, subí igualmente la calle de forma zigzagueante, ¡y lo logré!, me sentía que había vencido a la gravedad y a la tierra, pero me estaba deshidratando a medida que subía. Mis ojos vieron entonces por última vez esta calle, la iglesia, la plazuela y todo el conjunto urbano pequeño pero singular chilote. Llegué a mi casa y no dije nada, sólo que me demoré…

Corriendo por mi casa buscaba las últimas cosas que debía llevar a Valdivia: un libro, una llave, un cepillo de dientes, el reproductor de MP3, mi Biblia… hasta que llegó la hora y mi madre se fue con nosotros para dejarnos allá. Beso triste, abrazo triste a mis hermanos, pero con mucha alegría también. “Nos vemos” “Adiós” “Queda poco” “te quiero mucho”, nos decíamos. Al caminar por las calles para llegar al paradero, junto a algunos de nuestros hermanos y madre, lo veía todo diferente, los lugares se veían extraños, la gente también; pero sólo era que con la ida de Chonchi uno empezaba a ver las cosas con otros ojos, esos de nostalgia, esos de “última vez”.

Llegamos al paradero de una calle principal y veíamos todo en calma, autos pasaban y gente caminaba con lentitud.

A lo lejos se comenzaba a divisar un bus grande y moderno, era en el que nos iríamos al norte; por tanto abrazaba a mis hermanos. El bus paró junto a nosotros y nos despedimos, diciendo “chao” con las manos por las ventanas del vehículo.

Se empezaba a alejar la ciudad mientras pasábamos por la carretera arbolada; llegamos a la rotonda y me di cuenta en ese momento que Chonchi no lo vería más hasta mucho tiempo después…

El sueño y la tristeza me invadían, el silencio reinaba en el bus, el aire estaba caliente allí… y era aún de mañana.

Me fui diciendo “hasta pronto” a este lugar bello y pintoresco que se alejaba y se alejaba. Y me dormí.

U N     P O S T     D E     A R Q U I T E C T U R A    |    2 0

ex INQUIETUDES a los 20

Raúl Meza Lorca | Todos los derechos reservados

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Acerca de Raúl Meza Lorca
Arquitecto, de la Universidad Austral de Chile. Diplomado en Tipografía, en la Universidad de Chile.

2 Responses to La despedida de mi ciudad (relato)

  1. r o m y says:

    Ohhh,una vez, que me toco volver de castro a santiago, camine a las 8:00 am por la calle camino al terminal, estaban barriendo la plaza, recien abria el comercio, el sol iluminaba el agua y yo corria con mi mochila para no quedarme abajo del bus. Me fui con esa sensación de que me falto mirar, pasear, tomar fotos, y todo, por esas mismas calles.

  2. Felicitaciones por lo Blog.

    En realidad todo lo que se pueda decir de la Isla y en general del sur chileno, siempre va a ser poco, ya que por la riqueza de la zona, siempre faltarán palabras para hablar de ella.

    Recibe nuestra felicitación por lo que has escrito, como también por la hermosa carrera que estudias.

    La misericordia de Dios esté contigo cada día.

    Nos agrada mucho saber que te gustaría formar parte del Coro Polifónico. Estaremos orando, para que el Señor Jesucristo nos dirija al respecto.

    Un abrazo grande.

    Muchas bendiciones.

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