La increíble experiencia de escalar la torre de la Iglesia de Chonchi


100_4372A lo largo de mi estadía en Chiloé, he visto y elevado mi vista a las iglesias enmaderadas, con sus gigantescas torres que actúan como faros en los canales marinos del archipiélago. En Chonchi, la torre amarillenta se ve desde todas partes y es un símbolo de la ciudad de los tres pisos; muchas veces pasaba por la plaza y observaba atentamente su apariencia exterior, la miraba hacia arriba y me sorprendía de las tremendas proporciones del edificio religioso. Otras veces, por ahí por 2001, entraba a la iglesia para observar las naves, las columnas neoclásicas, los arcos profusamente decorados de madera, la bóveda salpicada de estrellas, el altar presuntamente sagrado, la santería de madera con sus respectivos retablos de delicada factura. Torre Iglesia ChonchiEn un tiempo más me metía a otros espacios menos descubiertos de la iglesia, como una capilla al lado del altar que parecía un manto de madera, y por el otro lado – que nunca pude entrar – los artículos del ritual religioso.

Pero de pronto comenzaba a darme cuenta que prácticamente conocía todo el edificio, y que a veces ya me cansaba de mirarlo; entonces miraba la gran escalera “prohibida” que llevaba a la torre de la iglesia (pues era el lugar al que no se permitía entrar, siempre que hubiera un cuidador). Justo quise entrar, pero la hora y la afluencia de gente por el templo me impidió acceder al espacio más oculto por dentro, pero más visto y más conocido por fuera: La torre de la Iglesia San Carlos Borromeo.

En otra ocasión me propuse entrar, aunque sea sin autorización, al referente más respetado del urbanismo chonchino; aunque conocía también las supuestas consecuencias que me provocaría subir y que me sorprendiera el cuidador de turno; más encima que estaría subiendo, según los fieles y los chonchinos, al lugar más respetado y santo del lugar, eso pensaba yo. Además me estaría subiendo a la cosa más representativa del templo recién declarado Patrimonio de la Humanidad. Hasta pensé “¿Y si de pronto se derrumbara la torre por el peso mío y cayera a la calle?”… mientras caminaba por las calles de la ciudad pensaba todo esto.

Hasta que llegué a la iglesia y me percaté que justo ese día no había cuidador… “Bien, no hay nadie…”. Mi corazón palpitaba de a poco por la hazaña que haría. Comencé entonces a escalar hacia la torre, mirando a cada rato hacia abajo por si entraba algún feligrés, pero no entró nadie. Iba subiendo la gran escalera hasta que abrí despacio la puertecita baja que tenía este espacio. Abrí, cerré. Seguía subiendo hasta que llegué al lugar donde terminan los techos de la parte principal de la iglesia, o sea la parte interior del frontón de la fachada, donde vi de cerca la gran ventana con un arco de medio punto; de verdad era gigante, es que de lejos y de abajo se veía pequeña… y desde ahí, con mi corazón que palpitaba mucho más por la adrenalina y la hazaña, miraba todo el tránsito y movimiento de autos y de gente. Igual temía que de pronto me pudieran mirar… pero después recapacité: “¡Quién me iría a mirar en la gran altura que estoy!”, así que después seguí subiendo más escaleras para llegar al campanario de la torre,  mi destino final.

Me di cuenta de otra cosa: cada vez que subía una y otra escalera, se iba angostando más el ancho de los escalones, y ya la última escalera iba a ser la menos decorada y más incómoda. Iba subiendo, y nunca pensé que iba a ser un tramo interminable el subir las escaleras de la torre más importante de la comuna de Chonchi. Al mismo tiempo yo iba transpirando del nerviosismo por mi acción temeraria, y mi corazón latía más porque primera vez que me subía a la torre de esta iglesia…

De pronto vi la campana ya, hasta que subí la última escalera, la más incómoda; y llegué al último tramo de la torre, donde estaba la gran campana de hierro que supongo que era muy pesada. Miré a través de la ventana con una celosía de madera y todo el suelo chonchino se veía muy lejos, recién me di cuenta que estaba en lo más alto de la ciudad… me empezó a dar miedo, pero a la vez me tranquilizaba, pues había cumplido mi ansiado objetivo prohibido para los feligreses, pero había vivido una experiencia única e irrepetible.

En ese momento sublime me puse a mirar la gran estructura de la torre, sus vigas muy gruesas, sus riostras o diagonales gigantes, y sus pies derechos también sobredimensionados… es que se trataba de lo más alto y a la vez pesado de la iglesia, además que tendría que soportar un sinnúmero de temporales, desde más o menos el año 1900 hasta ese momento de mi escalada prohibida.

Comencé en un momento más a descender la torre, más tranquilamente, pero igualmente silencioso para que nadie me escuchara… aunque mi respiración era rápida y nerviosa. Llegué otra vez al piso medio donde había visto la gran ventana con arco, desde ahí se veía toda la iglesia en panorámica y podía tocar la inalcanzable bóveda. Nuevamente bajé la más larga y última escalera hasta llegar al suelo firme… Me tranquilicé al fin, ya había cumplido mi plan perfectamente y nadie me vio en ese momento.

Salí de la iglesia, me alejaba de ella y volví mi vista a ella de nuevo; miraba otra vez la torre, pero ya no como antes, con esa expectación y esa incertidumbre, sino con la satisfacción de haberla conocido por dentro, con la satisfacción de haber conocido las entrañas del monumento arquitectónico más importante de la comuna, y de la construcción más sagrada para muchos chonchinos. Es una de las mejores y más extremas experiencias que he vivido.

Llegué a mi casa y conté mi hazaña, no me creían mucho; pero había sido verdad. No se enojaron conmigo porque ya me conocen que siempre he sido curioso y me gustaba subir hasta lo más alto posible de las cosas, como por ejemplo a mis cuatro años me subí al techo de mi casa (y todos asustados por mí), después me subía a los gigantescos manzanos de los campos chonchinos para comer las ácidas manzanas… Esta torre sería una más de mis experiencias de curiosidad, pero la más significativa por lo arriesgado.

Pasó que después en invierno de 2002, en un día que hubo un gran temporal de lluvia y viento, supimos todos los habitantes de una gran desgracia, que la torre de la Iglesia, que el faro de la ciudad, se había desplomado y había caído sobre la plaza y la calle contigua… una pérdida invaluable y una gran tristeza para los feligreses. De pronto comencé a meditar, y a preguntarme: “¿No habré sido yo que con mi subida a la torre, debilité alguna estructura de la torre ya fatigada, y que se haya caido más facilmente? Yo quedé callado, pero al recordar que las vigas de la torre eran tan grandes, me tranquilizaba.

En unos años más la torre fue restaurada, o hecha nuevamente, con otras maderas… pero las maderas viejas y caidas de la torre tienen mis pisadas y el testimonio de que un niño de catorce años, intruso, se subió a la torre de la Iglesia San Carlos de Borromeo de Chonchi.

U N     P O S T     D E     A R Q U I T E C T U R A    |    2 0

ex INQUIETUDES a los 20

Raúl Meza Lorca | Todos los derechos reservados

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Acerca de Raúl Meza Lorca
Arquitecto, de la Universidad Austral de Chile. Diplomado en Tipografía, en la Universidad de Chile.

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