Isla de Quinchao: Maravillas rurales


Un día cualquiera en la isla de Chiloé decidí salir a conocer algún paraje al cual nunca había conocido, pero tratando de que fuera asequible en términos de dinero. Así que puse mi dedo en el mapa sobre la ya conocida isla de Quinchao (la más grande de Chiloé en el archipiélago), pero ahora me dispuse a conocer la famosa Iglesia de Quinchao – Patrimonio de la Humanidad – que está en pleno proceso de restauración…. y de ahí -me dije- vería lo que haría después de conocer dicho templo.

Me fui, y partí desde Chonchi al mediodía para tomar un mini-bus con destino a Castro, para posteriormente tomar otro a la isla de Quinchao. El viaje se tornaba interminable, aunque llevaba mi MP3 consigo, así que la travesía pudo ser más llevadera. Al llegar a Dalcahue ya alcanzaba a ver los palafitos tradicionales, y a la barcaza que nos cruzaría en 10 minutos, quizás menos, a la isla bi-comunal (Comuna de Curaco de Vélez y de Quinchao); de hecho, cruzamos. Los turistas no alcanzan a disfrutar mucho esa pasada por el agua, ya que el canal es muy angosto y rápido.

Al llegar a la isla de Quinchao, emprendimos el otro viaje por su carretera, en buen estado, al destino final de este mini- bus, que era Achao, lugar al cual ya había visitado. (Posts: Iglesia de Achao y La ciudad de Achao). Llegué a la ciudad. En el mismo terminal había un mini- bus con destino a Quinchao donde estaba la iglesia, pero pregunté cuánto costaba el pasaje de una travesía de 12 kilómetros, me dijeron “mil pesos” como con tono de aprovechamiento. Yo no quise pagar semejante cantidad de dinero por tan poca distancia, asi que decidí irme caminando y hacer dedo a cualquier auto que pasara (o hacer parar a un auto por voluntad, para que me lleve gratis, para el que no entienda).

Estuve caminando por mucho rato, con mucha calor, y apareció al fin una camioneta de una empresa marina, hice dedo, y el caballero conductor me llevó a Quinchao, gratis, menos mal.

Al descender al poblado de Quinchao me maravillaba de ver el emplazamiento del pueblo y de la iglesia a ras de mar, y respaldado por cerritos muy escarpados que le daban protección. Me maravillaba de que la iglesia era muy grande, y de la magnitud de la restauración que le estaba haciendo una gran cuadrilla de carpinteros, pertenecientes a laFundación de Amigos de las Iglesias de Chiloé.

Me dejaron ingresar al sitio de la iglesia, que estaba cerrado al público por la misma restauración, y a pesar de que la hora no era la establecida para visitas de turistas. Dije gracias. Entré de a poco a la iglesia gigantesca de madera, y era tan diferente a lo que había visto en fotos: “una iglesia demasiado simple, bajita, medio fome”; pero en la realidad ver ese monumento arquitectónico en vivo era impresionante. No era una cosa despreciable, era una obra de incalculable valor e historia.

Ingresé a la iglesia y estaba prácticamente desarmada, más bien parecía un galpón gigantesco (claro, con torre y cruz) que un recinto de oración – es más, me di cuenta que las iglesias de Chiloé ya están dejando de ser lugares de oración, porque menos gente asiste a ellos; sino que se están convirtiendo en museos del catolicismo – Miré las bases rehaciéndose, las bóvedas de madera a medio hacer, las columnas sin revestimiento, las riostras provisorias puestas para que la estructura del templo no se caiga, los ensambles rústicos pero efectivos, las maderas originales del revestimiento de la iglesia todas apiladas esperando el momento de la instalación, los clavos, la pintura, el impermeabilizante, las herramientas, los carpinteros cortando maderas con motosierra.

Era por el momento un mirador de los métodos constructivos de la iglesia, que anteriormente estaba amenazando con desplomarse, pero que ahora promete ser un monumento destinado a durar por décadas.

Entre tantos arreglos a la iglesia, encontré algunas paredes exteriores originales, como ésta: con un poco de tejuelas y un poco de madera machihembrada. Se ve bonito.

Ya era hora de salir, así que tomé fotos hacia afuera de todos los trabajos de restauración del templo. Creo que cuando quede terminada va a estar muy bonita, y espero visitar la iglesia cuando esté así.

Ya regresé hacia Achao, también a dedo, y menos mal que la gente en estas zonas generalmente es de buena voluntad, y una de estas personas me llevó en una camioneta de fletes hacia la misma ciudad de Achao. Le agradecí y pasé por un momento a la iglesia patrimonial de esa ciudad, pero solo la vi un rato, ya que la conocía bien ya.

Tomé rumbo ahora hacia el este, el camino que salía de la ciudad para ir al embarcadero, pero ya que tenía mucho tiempo, me adentré en un camino más pequeño, pero pavimentado en buen estado, con destino hacia Palqui. Antes del cruce de caminos, me encontré con una casa de volumetría singular como la que aparece en la foto superior. En estas zonas hay una variedad de casas antiguas de volúmenes muy bonitos, con tejuelas bien recortadas.

Después de haber caminado harto, una camioneta me llevó por un tramo corto dentro de esta vía (pues iba a una residencia en el campo) y luego seguí caminando, en medio de mucha calor. De pronto mirando hacia el mar, de lejos estaban las islas pequeñas de Lin- Lin, Llingua y Quenac…. un espectáculo insular sobrecogedor. Pero más a primer plano, vi una serie de casonas “entejueladas” pero sin habitantes al parecer.

Con mis pies un poquito adoloridos, después de que nadie me llevara en auto, llegué al pueblo anunciado de Palqui. Era un caserío pequeño inmerso en el campo, pero con un orden que se percibía en el ambiente. En medio de ella, la Iglesia de Palqui ordenaba el paisaje urbano. Detrás de un gimnasio escolar que empañaba un poco el panorama campestre se hallaba holgada dicha iglesia. Es bonita, pero está medio desgastada, le hace mucha falta una restauración para que no se deteriore más. Lo que más me llamó la atención es que sus techos no son tan inclinados, a diferencia de las demás iglesias patrimoniales de la Escuela Chilota de Arquitectura en iglesias de madera, y tampoco posee pórtico protegido, sino que simplemente la puerta.

Alzando la vista, la torre se convierte en un referente importante de Palqui, pero ya es un referente medio cansado, con su última caña un poco inclinada, con carencia de la celosía que deja pasar el sonido de la campana, algunas tejuelas medio sueltas y unos vidrios que faltan. Me pregunto cómo eran todas estas iglesias antiguas cuando recién se inauguraban. Cómo estaban llenas de vida y nuevitas.

Caminando con un mapa en mano, pensaba ahora en ir a un pueblo que se llama Huyar. Un sector hermoso que tiene dos partes: Huyar Bajo, y Huyar Alto, cada uno con su iglesia que los identifica, a pesar que ambos están cerca. Pero después de que una camioneta a la cual hice dedo, me dejara el final de este camino, me intranquilicé. Me dijeron que el caserío que estaba a orillas del mar igual se llamaba Palqui, y me di cuenta que debía caminar por no sé donde para llegar a Huyar. Me fui por la playa según el mapa pero una señora me dijo “la marea está alta, lo único que podrías hacer para llegar allá es nadando” con un tono de burla. Así que primero fui a ver cómo estaba la playa hacia allá, pero antes vi unas casas bonitas en el pueblo, y una isla que al bajar la marea se une con la tierra firme, pero que igualmente se puede atravesar en las rocas que pusieron allí.

Caminando hacia allá, la luz y el cielo adquirieron una tonalidad perfecta para sacarle fotos, y se ve la típica playa multicolor, compuesta por arena, piedras, pasto y unas lamillas (algas), con lanchas ligeramente posadas sobre el agua, y de fondo la isla perteneciente a Palqui.

En este lugar con un istmo de piedras, era el momento de a) mirar la maravilla de la isla del frente que estaba tan cerca mío, y b) decidir si iba a Huyar Bajo por la playa con marea un poco alta, en donde lo único posible era ir caminando por al agua, levantándome los pantalones y guardando todo elemento de valor en mi mochila. Al principio me dio miedo, pero con valentía acepté el reto a pesar que todo lo que venía hacia delante era incierto, más encima se hacía tarde y quería llegar a tiempo al balseo para llegar a Dalcahue, tomar bus a Castro y posteriormente a Chonchi.

Así que crucé el inesperado reto de pasar por la playa, rápidamente. Me subí el pantalón para no mojarlo, y crucé pisando piedras un poco incómodas (pero que casi ni las noté por la ansiedad de llegar pronto). El agua estaba helada, pasé igualmente. En una parte donde ya se podía caminar, troté por la playa como un verdadero deportista, y en otro momento el agua estaba muy alta, así que tuve que sacarme los pantalones y pasar por el mar, con la mochila en mis brazos. Estaba un poquito asustado, pero finalmente, después de ver horizontes inciertos, pude al fin ver el poblado de Huyar Bajo a lo lejos.

Ya me empezaba a acercar al pueblo de Huyar Bajo, con un emplazamiento inmediatamente pegado al cerro inclinado, y con muchas casitas de tejuelas, antiguas, de ventanas pequeñas, y con su iglesia al final de este “camino de peregrinaje”.

Este poblado de Huyar Bajo, es un lugar donde permanece el Chiloé profundo: madera, arquitectura, tradición, caminos de tierra, ordenamiento espacial en torno a la iglesia, el mar predominante, la crianza de animales de granja.

Finalmente llegué a la Iglesia de Huyar Bajo, pequeña respecto a las hermanas iglesias patrimoniales (de la Humanidad) pero con su fuerza y rigidez propia, que rompe el cielo chilote. Tiene pórtico recto con columnas que a la vez son los pilares estructurales (a diferencia de las iglesias más elaboradas, que poseen columnas de algún orden griego o romano que son sólo una cáscara que esconde el pilar rústico estructural), tiene una torre de dos cañas, sin dado basal, como por ejemplo, la Iglesia de Nercón.

¡Qué limpieza arquitectónica! Solo la presencia predominante de las tejuelas en este templo de Huyar.

En un cementerio que estaba inmediatamente detrás de la Iglesia, encontraba muchos nichos, unos más convencionales, y otros más cercanos al vivir de la cultura chilota, pero éste (el de la foto) me llamó poderosamente la atención. Es una casita que en su interior emula de forma ingenua una iglesia chilota, primero por el retablo que está en el fondo, y también por la impresionante bóveda de madera curvada, que hace más plástico el espacio. Vi una cruz tallada con el nombre del muerto, pero me costó mucho saber el año de muerte de esta persona, y por ende la fecha de construcción de esta pequeña maravilla.

Ir a la isla de Quinchao es, aparte de ir a la isla más grande del Archipiélago de Chiloé, un pequeño mundo lleno de manifestaciones de la cultura chilota que aún se mantienen vigentes, sobre todo en las áreas más rurales. Es una isla que se puede llegar a conocer bien en a lo menos una semana, porque es una isla llena de pueblos y ciudades plagados de madera, de tejuelas, de mar, de torres con cruces y de miradores hacia las islas próximas. En esta ocasión solo pude conocer bien las ciudades y pueblos de Curaco de Vélez, Achao, Quinchao, Palqui, Tolquien, Huyar Bajo, Huyar Alto; pero hay más: Chullec, Coñab, Matao, Chequián, San Javier y otros más.

Personalmente la ida a la isla me ha nutrido mucho en lo que respecta a la inspiración arquitectónica, y a extraer la belleza de lo simple (pero complejo mirando de cerca), complementado con la naturaleza aleatoria y juguetona del archipiélago de Chiloé.

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Acerca de Raúl Meza Lorca
Arquitecto, de la Universidad Austral de Chile. Diplomado en Tipografía, en la Universidad de Chile.

One Response to Isla de Quinchao: Maravillas rurales

  1. angela catlina muñoz mesina says:

    mi nombre es angela muñoz necesito de su ayuda la historia es la siguiente mi abuela tuvo una niña que es mi madre marta mesina y el padre es marcelino jara lavados el cual se fue a vivir hace muchos años a la isla de quinchao , nunca lo conocio.El tuvo una familia en la isla y necesitamos encontrar el paradero de ellos. porfavor ayudenme los he buscado hace mucho tiempo. si saben el paradero de ellos por favor comuniquence conmigo en el correo registrado en este comentario. muchas gracias

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